Los kurdos regresan al hogar en Siria

Por Karlos Zurutuza

El contrabandista pedía 200 dólares pero Jewan ha conseguido rebajar la tarifa a la mitad. Sigue siendo una cantidad considerable para este joven kurdo de 26 años, pero no ve el momento de cruzar la frontera entre Irak y Siria. Hace tres años que vio a su familia por última vez.

“Me torturaron durante 27 días por pertenecer a una organización estudiantil en la universidad”, recuerda Jewan mientras camina de noche sobre las huellas del contrabandista. “Quedé libre tras pagar mis padres 2000 dólares a un oficial de la policía, después huí a Líbano llegué a la Región Autónoma Kurda de Irak a través de Turquía”.

A medianoche, a escasos minutos de dejar atrás la última aldea en territorio iraquí, ambos se ven sorprendidos por las linternas de los Peshmerga -soldados de la Región Autónoma Kurda de Irak. Pero ni Jewan ni su guía parecen una amenaza por lo que se les permite seguir su marcha hacia el checkpoint en el lado sirio, a escasos doscientos metros.

Una furgoneta espera con el motor en marcha pero sin luces, a medio camino a través de la “tierra de nadie”. El conductor y su compañero se presentan como “combatientes del PKK” -guerrilla kurda en lucha con Ankara desde 1984. Aparentemente son ellos, y no el ejército sirio, el que gestiona hoy este puesto de frontera cercano a la localidad de Derik, a unos mil kilómetros al noreste de Damasco.

“Esperamos a alguien más, no tardaremos en irnos”, indica uno de los guerrilleros con un fusil colgado de hombro. Un minuto más tarde, una hilera de hombres llegados desde el lado iraquí descarga sacos y objetos de todo tipo en la trasera de la furgoneta.

“Es todo lo que tengo. El día que me fui juré no volver hasta que mi tierra fuera gobernada por mi pueblo (el kurdo)”, explica Asma visiblemente emocionada, una vez acomodada en el asiento delantero del coche.

“Huí de mi casa a través de este mismo lugar hace 32 años, y literalmente dando el pecho a mi hija recién nacida. Lamento que no pueda volver a ver su tierra natal; murió hace dos años, luchando en las montañas contra el ejército turco”, recuerda emocionada esta mujer de unos cincuenta años.

Reencuentro

Rafik lleva horas esperando pacientemente a su hermano Jewan en el barracón del puesto fronterizo en el lado sirio.

“El camino hasta casa está libre, no tienes de qué preocuparte”, tranquiliza al recién llegado, tras saludarle con un beso en la mejilla izquierda y tres en la derecha.

La carretera serpentea a través de la oscuridad, ocasionalmente iluminada por alguna columna de fuego. A su alrededor, decenas de extractoras “beben” el petróleo del subsuelo, agachando la cabeza a un ritmo lento pero constante.

“Muchas de estas tierras eran nuestras pero los Assad se las dieron a familias árabes del sur del país”, recuerda Jewan. Según dice, la zona también es rica en oro.

Con la llegada del partido Baath al poder en 1963, los kurdos de Siria -entre 2 y cuatro millones según a fuente- fueron sometidos a una política de arabización sistemática. La lengua kurda fue prohibida y muchos de ellos incluso privados de la ciudadanía siria, negándoseles el acceso a la educación, la sanidad o a la propiedades. Las deportaciones forzosas y los reasentamientos de familias árabes del sur eran también moneda de uso corriente.

Hoy, los colores kurdos –verde, rojo y amarillo- en murales y banderas a la entrada de Girke Lege- a 35 kilómetros de la frontera iraquí y a 15 de la turca- apuntan a que la situación ha cambiado, y de forma sustancial:

“La zona están totalmente bajo control y ni siquiera he disparado un solo tiro desde que empezó la revolución”, asegura uno de los combatientes en un puesto de control en la entrada oriental de la localidad.

Si bien numerosos rumores apuntan a que el PYD (Partido de la Unión Democrática) -el partido político dominante entre los kurdos de Siria- habría negociado con el Gobierno de Bashar al Assad, su presidente, Salah Muslim, negó categóricamente a IPS que se hubiera producido acuerdo de ningún tipo.

“Somos el Segundo grupo étnico de Siria, Damasco simplemente no quiere abrir un frente con las minorías del país”, explicaba Muslim desde una localidad sin determinar.

Muchos analistas apuntan también a que Damasco podría estar valiéndose de la amenaza de una eventual región autónoma kurda en Siria a Turquía, donde viven más de 20 millones de kurdos,.

Sea como fuere, la estampa en Girke Lege nada tiene que ver con las imágenes de destrucción de Alepo o Damasco. Aún a altas horas de la noche, la avenida principal está abarrotada tras el Iftar –la cena que pone fin al ayuno durante el mes del ramadán. Hoy se escucha música kurda desde las tiendas y las casa de té, aún abiertas a altas horas de la noche. Incluso se inaugura la sede de un partido político kurdo tras décadas de trabajo en la clandestinidad.

“Me habían hablado de todo esto pero todavía me cuesta creer lo que estoy viendo”, exclama un incrédulo Jewan, tras pagar un kilo de pastas para su familia con dinero sirio por primera vez en tres años.

Su madre apenas puede contener las lágrimas al abrazar a su hijo de nuevo. Si bien su llegada la ha cogido por sorpresa, Jewan tampoco esperaba encontrar allí a sus familiares de Damasco.

“Llegamos hace cinco días. Los combates y bombardeos eran constantes, no podíamos seguir allí”, lamenta su tío Marai.

“Hace veinte años nos fuimos a Damasco en busca de una vida mejor”, añade su tía Alián. “Hoy somos nosotros los que no sabemos cuándo podremos volver”.

Fuente: www.ipsnoticias.net

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